Gratia no aparecía en los mapas, ni en el más actualizado de los GPS y tampoco en Google. No tenía latitud ni longitud. Sin embargo, la cercana población de Luala, con sólo una decena de casas era fácil de encontrar.En Gratia era habitual que algunos vecinos acababaran sus días de las maneras más chocantes. Últimamente, Armando Remírez, que nunca había esquiado, apareció con la cabeza abierta en La Plagne. Se deduce que en su primer intento ya se atrevió a marcarse un fuera de pista. Nunca escuché a ningún vecino hacerse preguntas al respecto. Más curioso aún el caso de Augusto Salazar. Nunca viajaba y odiaba el mar. Murió buceando en el estrecho de Lembeh. Nadie cuestionó un ilegible informe forense fechado el cuatro de abril. Ese día había celebrado su cuadragésimo cumpleaños rodeado de no menos de treinta amigos que podrían testificar que se encontraba en su casa.
Otra singularidad de Gratia era su prosperidad. Las peores casas eran unos dúplex de cuatro dormitorios y hasta el panadero, Chema, iba en Mercedes. Las calles y pequeñas plazas del centro estaban llenas de boutiques y tiendas para caprichosos. El origen de tanto bienestar era el silencio. El silencio y el miedo en torno a una pequeña fábrica de cajas.


