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lunes, 21 de abril de 2008

Verdades y mentiras sobre una caja III

Gratia no aparecía en los mapas, ni en el más actualizado de los GPS y tampoco en Google. No tenía latitud ni longitud. Sin embargo, la cercana población de Luala, con sólo una decena de casas era fácil de encontrar.

En Gratia era habitual que algunos vecinos acababaran sus días de las maneras más chocantes. Últimamente, Armando Remírez, que nunca había esquiado, apareció con la cabeza abierta en La Plagne. Se deduce que en su primer intento ya se atrevió a marcarse un fuera de pista. Nunca escuché a ningún vecino hacerse preguntas al respecto. Más curioso aún el caso de Augusto Salazar. Nunca viajaba y odiaba el mar. Murió buceando en el estrecho de Lembeh. Nadie cuestionó un ilegible informe forense fechado el cuatro de abril. Ese día había celebrado su cuadragésimo cumpleaños rodeado de no menos de treinta amigos que podrían testificar que se encontraba en su casa.

Otra singularidad de Gratia era su prosperidad. Las peores casas eran unos dúplex de cuatro dormitorios y hasta el panadero, Chema, iba en Mercedes. Las calles y pequeñas plazas del centro estaban llenas de boutiques y tiendas para caprichosos. El origen de tanto bienestar era el silencio. El silencio y el miedo en torno a una pequeña fábrica de cajas.

domingo, 20 de abril de 2008

Verdades y mentiras sobre una caja II


Laura y Marcos compartían un hijo, una sólida amistad, el mismo techo y vidas separadas, por este orden. "Pase lo que pase, seguiremos juntos. Alberto necesita un padre y una madre", se repetían el uno al otro cíclicamente.

Sonaban los obsesivos Radiohead en el iPod del coche de Marcos mientras se dirigía a una prometedora noche de jueves. Los pases VIP para dos en el concierto de Marlango eran el complemento al tejeo entre él y Susana, la chica nueva en la oficina. Nada serio. Sólo un aditivo a su aburrimiento.

Un poco de imperfección automática, otro de días cansados y por fin, vete. La Watling se paseaba por el backstage con aires de diva. Marcos, copa en mano, se adentraba en conversación nocturna con alguien cuyo nombre nunca pretendió memorizar. "Hace poco dijo que sus canciones en español sonarían como sevillanas en inglés y tiene toda la razón..." Iba de experto marlanguero.

La gente y el humo se iban yendo del aséptico loft convertido en fiesta privada. "Estos interioristas deberían saber decorar sin histrionismo. Mezclar mucho blanco y mucho rojo es un truco facilón". En estas memeces estaba pensando Marcos cuando Susana pronunció un explícito "¿Nos vamos?"

La tenía en el bote y en el coche. De tanta DGT, conducía ella.

Pobre móvil, Marcos le tenía olvidado. Un SMS de Laura, sin abreviaturas, corto y contundente, le quitó toda líbido y le añadió pulsaciones: "Un hijo de puta le ha entregado la caja a Alberto".

martes, 8 de abril de 2008

Verdades y mentiras sobre una caja I


Olía a primera lluvia de otoño aquella mañana. O sea, a tierra húmeda. Emma tenía seis años y Hugo llevaba dos hablando. Iban de la mano con paso de "no paréis a hablar con extraños" pero seguro que un caramelo bien ofrecido hubiera interrumpido sus sueños de dragones y princesas. Princesas que eran muñecas.

El Doctor Craig les vigilaba de lejos. La prensa gratuita le acababa de confirmar que no había nada nuevo bajo el sol.

Aunque la alegría de verse todos los días a primera hora era mutua, Alberto y Hugo nunca intercambiaban palabras al verse, como hacían los mayores. Gestos, miradas y cada uno asumía su papel. Emma se liberaba de su hermano pequeño y ellos se iban a jugar antes de entrar en clase.

Aquel día Alberto había traído una caja. Un hombre al que no conocía se la había dado en la calle. "No la abras hasta que no seas mayor". La caja estaba blindada a prueba de curiosidad infantil.

viernes, 4 de abril de 2008

Cuento de antes de acostarse

Esta mañana ha sido como todas. Nada más salir de casa el gigante Pedro se ha ofrecido a llevarme a la ofi. Yo iba muy a gusto sentado en su hombro, aunque de vez en cuando debería lavarse las orejas. Me pasé todo el camino recordándole que a los enanitos se nos debe hablar bajito.

A mitad de camino nos cruzamos con la bruja Belinda. Y claro, yo pensé, "mola más ir en escoba", pero a ver qué trola al gigantito cuento ahora. Le guiñé a Belinda y le dije a Pedro que me bajara allí para comprarle a Alberto Verdurero un poco de rica frutita. Pedro es tan bueno que se lo creyó. Al cabo de un rato ya estábamos en la escoba. "Me gustan tus calcetines, Belinda". "Pues si quieres te los regalo". "Uy no, ¡qué peste!". Y es que Belinda era una bruja buena. Se pasaba todo el día dando vueltas para darle regalos a los niños que se portaran bien, que obedecieran a sus papas, que comieran... Y al ratito, ya llegué a la mi trabajo.

Y allí más de lo mismo. Luchar contra dragones, liberar a niños malos de las mazmorras de Bruja Perica, recortar papeles mágicos, ayudar a Dumbo a encontrar a su mamá y contarle a Caillou un cuento. Y a la hora de comer hemos ido a la Fábrica de Chocolate. Los Umpa Lumpa no son muy simpáticos pero al menos sirven rápido...

Para venir a casa me ha traído la cabra en la vagoneta. Iba demasiado rápido por los túneles, pero bueno, cuanto antes llegue antes te veo.

Dedicado a Mario